Viaje al Centro del Alma

¿Para vos, qué significa viajar? Para nosotras este hermoso texto lo explica perfecto!

Viaje al centro del alma, por Magalí Manzione
(te invitamos a leer todos sus textos en su blog)     

Viajar te cambia. Es decir, tiene que cambiarte. No podés seguir igual después de vivir ciertas experiencias. Viajar te abre la cabeza y te ensancha el corazón. Viajando aprendés todas las materias de la escuela y de la vida. Viajando conocés gente de otros barrios, otros pueblos, otras ciudades y otros países. Viajando le ponés pausa a la rutina y play a la aventura, a la emoción, a la sorpresa de lo inesperado.

Hay quienes viajan para sanar, para conocer qué hay del otro lado de sus miedos, para encontrarse o para reencontrarse con aquello o aquellos que los hicieron sonreír y sentirse vivos.
Hay quienes viajan para sacar fotos con sus cámaras o con sus ojos. Hay quienes viajan por valientes, rebeldes y entusiastas. Hay quienes viajan por inquietos, por aventureros, por insaciables. Lo lindo de las viajeras y los viajeros es eso. Es saber que cada uno está siguiendo un camino real y metafórico a la vez, es saber que la mayoría se rompió el alma por llegar a donde está. Es saber que lo único que quieren es disfrutar del viaje. Es saber que un mate, algo para comer, o que le saquen una foto en ese lugar de ensueño es todo. Es conocer otras realidades dentro del mismo mundo. Es regalar y robar sonrisas en el camino. Es abrigarte con lo que puedas o refrescarte con lo que tengas puesto. Es buscarle la vuelta, salir de la zona de confort, desestructurarte.

Viajar te cambia. Es decir, tiene que cambiarte. No podés seguir igual después de oler las rosas del sur, de probar las mermeladas caseras, de sentir que el agua de los lagos te hiela la piel. No podés seguir igual después de escuchar las coplitas que cantan en el norte, después de ver cómo tejen las mujeres más sabias de la puna, después de ver correr a las llamas entre los cerros. No podés seguir igual después de ver ciertos atardeceres, después de tirarte de un paracaídas, después de sentir que te llevan las ráfagas del viento. No podés seguir igual después de nadar en mar abierto, después de bañarte bajo una catarata, después de recorrer la selva misionera. No se puede seguir igual después de apunarse, de mascar coca, de tener que caminar despacio para no marearse. No podés seguir igual porque invariablemente cambiás, porque, sin darte opciones, viajar te obliga a poner un freno al automático y mirar más allá de tu ombligo. No podés seguir igual porque te das cuenta de que no estás sola o solo, de que el mundo no es tuyo, sino que sos de él. No podés seguir igual porque más allá de vos hay personas, animales, árboles, flores, arena, tierra, agua, fuego y aire. No podés seguir igual porque nada es igual después de un viaje bien vivido.

Viajando valorás lo que antes no. Viajando te sabés parte de distintos procesos que vienen desde hace años y que seguirán después de vos. Viajando te encontrás con el lado tuyo que tenías olvidado, con ese que elige vivir en el presente porque sabe bien que el tiempo se va, con ese que se reconoce igual que los demás y no se cree ningún ser superior. Viajando te entrenás, te quedás sin aire, sin voz y sin palabras. Viajando le encontrás la vuelta a lo que nunca antes supiste nombrar. Viajando te inspirás, te expandís, te elevás. Viajando conocés historias de vida, de viajeras y viajeros incansables, de personas que conocen por primera vez el mar y no pueden dimensionar su fuerza, de otras que conocen la nieve y no pueden dejar de sonreír y de repetir ‘es como en las películas’, viajando recordás canciones que creías olvidadas, comés todos los días lo mismo o te das los gustos que no te das nunca. Viajando vivís el día. Viajando te quemás hasta la planta de los pies, sentís la sal en la boca, a los tábanos en la oreja y a la tierra en los ojos.

Viajando te cansás, volvés a vos y te cuidás como una madre. Viajando subís cambios, pero bajás más. Viajando ponés los ojos en las nubes y los pies en la tierra. Viajando siempre aterrizás, aunque vayas de mochila. Viajando hablás más que nunca o te escuchás como pocas veces lo hiciste. Viajando te reís del sueño, de los nervios, de la alegría. Viajando te enamorás de todo y con suerte de vos. Viajando te conocés de otra manera, jugás a vivir la vida que siempre soñaste.

Entonces, si no sabés qué hacer con tu vida, si lo que venías haciendo perdió sentido, si temés no volver a sentir, si tenés energía reservada recorriéndote la sangre, si ahorraste y no sabés en qué gastarlo, si la monotonía de la rutina está terminando con tus sueños, si querés ponerte a prueba y demostrarte que sí podés… viajá. A donde puedas, con quien puedas, con lo que puedas y el tiempo que puedas. Te aseguro que no vas a volver igual.